- Santa María de los Buenos Ayres -


Hay que alimentar a las casi dos mil almas que forman la expedición. Las escasas provisiones que consiguieron en la costa del Brasil se agotan rápidamente. Nuevamente hambrientos, el Río de la Plata los recibe una tórrida tarde de febrero. Pedro de Mendoza decide asentarse allí a esperar el arribo de Cabrera al mando de la Santiago cargada de pertrechos y bastimentos que suplirán los que naufragaron en Rio de Janeiro. El Adelantado elige la fangosa margen derecha del río con la idea de ponerse al reparo de una posible incursión de los portugueses. No explica a los hombres la razón que prefiere esta tierra fofa y malsana despreciando las aguas profundas y claras de la firme costa rocosa que la enfrenta. Hundidos hasta la rodilla en el barro espeso, temiendo ser chupados sin remedio por las arenas movedizas, cargando los pesados arcones con los enseres de los capitanes, los marineros maldicen por lo bajo al adelantado y se llenan de rencor.

Ansioso por bendecir la comarca, Cepeda es uno de los primeros en bajar a tierra. No termina de alzar el crucifijo a los cielos cuando un puma cebado le salta encima desde el pajonal y lo liquida con dos zarpazos. No sólo los conquistadores tienen hambre.

Con el fin de aventar la mala suerte que los persigue y apaciguar a los supersticiosos expedicionarios, Mendoza resuelve bautizar al paraje con el nombre de la Bonaria, patrona de los navegantes. Despliega en el acto una bella y celestial imagen de la Santa Madre magníficamente ataviada. Alza al Niño-Dios en su brazo izquierdo. Tiene una candela encendida en la diestra y un paño manchado de sangre sobre la manga derecha del hábito. La cubre un manto azul con flores doradas sobre la túnica rosa. El Niño porta en la siniestra un globo terráqueo y derrama bendiciones con la diestra. Mendoza menciona que Fray Carlos Catalán profetizó que, con la llegada de la imagen, buenos aires soplarán en esta tierra. Alza la cruz de su espada a los cielos y bautiza la comarca Santa María de los Buenos Ayres. El iluso adelantado aún no se ha topado con el pampero.

Un grupo de querandís se acerca con curiosidad a saludar a los recién llegados con humildes ofrendas de pescado y carne ahumada. La voracidad de los españoles parece no tener límites. A medida que desaparecen los alimentos, las exigencias de los conquistadores van haciéndose más brutales. Los aborígenes se cansan y desaparecen.

Los días se hacen semanas. El bochorno y la humedad instalados a sus anchas. Más allá de la improvisada murallita de tierra que rodea la aldea, se extiende un páramo interminable. Todos los ojos buscan por el río las velas de la Santiago que siguen sin asomar por el horizonte. Nunca llegará, Cabrera decidió poner rumo a Puerto Rico y vender allí todas las provisiones en beneficio propio. Los únicos frutos que hay en el paraje son los higos de las tunas que pronto quedan en la pura espina. Los capitanes se reservan los pocos víveres que restan. Elvira Pineda le cambia a Diego Mendoza su Relicario por una cabeza de pescado. Hay mujeres que entregan sus cuerpos por un mendrugo. Animales de caza no se ven. Los del común andan como fantasmas persiguiendo ratas y lagartijas con sus cacerolas.

Las semanas pasan, una igual a la siguiente. La sífilis corona a Mendoza con dolorosas llagas en la cabeza, su pierna derecha se niega a obedecerle. Su propia ración de comida va haciéndose cada vez más exigua, el hambre comienza también a llamar a su puerta. Ordena a tres emisarios que salgan en busca de los querandís a demandar la entrega de alimentos. Dos días después regresan medio muertos, los indios les han dado una paliza inolvidable.

El adelantado se indigna. Llama a su hermano.

Forma una compañía fuerte y vé a poner a estos salvajes en su lugar. ¿Qué debo hacer? Pues mata a los que se resistan, destruye sus tiendas, cautiva a los que puedas y les quitas cuanto alimento hayan acopiado. ¿Crees que podremos con ellos? Mira, en cuanto los veas mandas la caballería al frente, ya veras cómo se acobardan. Y si eso no resulta, pues entonces les disparas. Estos no conocen las armas de fuego.

Debilitado por la dieta, a Diego se lo ve fatigado y dubitativo.

¡Vamos!, con poco más de cien hombres Pizarro derrotó al Inka en el Alto Perú, ¿qué no podrías hacer tú con el triple?

Los pobladores se esperanzan al ver la expedición punitiva al mando de Diego alejándose de la aldea. Son trescientos arcabuceros y treinta jinetes los que marchan por la pampa al encuentro de los indios. A un día de camino, los españoles se detienen. El horizonte está puntuado por una línea fuerte de cuatro mil salvajes en pie de guerra. Charrúas y timbú, han acudido al llamado de sus primos los querandís para resistir a los invasores.

Al frente de sus guerreros, el Mpen Tamimbalo observa la tropa española empequeñecida por la llanura.

Encabezando la caballería, Diego Mendoza alza su mano y cargan. Pero los indios no huyen ni se dispersan. Los jinetes se ponen al galope. Los aborígenes no se mueven ni emiten sonido alguno. Una veintena de guerreros se adelanta velozmente. A toda carrera, los españoles desenvainan sus espadas. La vanguardia indígena comienza a revolear unas bolas unidas por cuerdas por encima de sus cabezas. Diego espolea a su cabalgadura. La primera boleadora vuela a tal velocidad que parece un disco repentino. Viene directamente hacia Diego. Se enrosca en las patas de su caballo que clava el hocico en el suelo. La caída catapulta al jinete a tierra. Se pone de pie, pero no termina de dar un paso cuando lo alcanza otra tríada de piedras. Dos bolas enroscan las cuerdas en su cuello y la que queda libre describe una corta parábola, acierta con su sien y lo fulmina. En pocos instantes todos los jinetes son desplomados, algunos yacen con el cuello partido, otros agonizan ensartados en las zarzas, uno va arrastrándose entre espinas, los más andan desorientados y maltrechos. Un huracán de dardos, lanzas y flechas ensombrece el cielo. Cae otro jefe atravesado por una saeta. Los arcabuceros empiezan a disparar. Los guerreros, lejos de amilanarse cargan contra ellos sin importarles que los suyos mueran de a cientos. El tiempo que los tiradores tardan en recargar es el que emplean los indios para alcanzarlos a la carrera. Los soldados, viendo que no podrán con ellos, emprenden la retirada caminando de espaldas sin dejar de tirar. Cuando están a suficiente distancia, se vuelven y huyen por sus vidas. Abonan el campo veintiséis capitanes y soldados y mil guerreros. Con gritos de triunfo, se acercan a los españoles, rematan a los heridos y rapiñan botas, ropas, sables, cuchillos, sombreros y media docena de caballos que pasan a engrosar su patrimonio. Tamimbalo se aproxima al cadáver de Diego, boca contra el suelo. Lo hace girar con el pie. Se acuclilla. Algo brillante le llama la atención. Le abre la camisa y le arranca El Relicario. Lo mira un instante refulgiendo al sol pampeano, da el grito del vencedor y adorna su pecho con el trofeo.

Desde la muralla, Don Pedro y sus conquistadores ven la expedición regresando al galope desesperado. No distingue a su hermano en la primera fila. A medida que se acerca se va haciendo patente la derrota. Vuelven sin un solo cautivo, ni una pizca de alimento. El paisaje se eriza con infinidad de guerreros marchando hacia ellos. Ordena a los arcabuceros prepararse para la defensa. Pero los indios se detienen fuera del alcance de las armas de fuego. Mira el río que, como otra pampa líquida, bordea el asentamiento. Están sitiados. Antes del anochecer llegan otros contingentes de salvajes, son guaranís que han venido a sumarse a las fuerzas de Tamimbalo. Por la noche, con fondo de lamentos de los moribundos, aúlla el viento helado del desierto y se encienden las hogueras, los bailes y los alaridos de los aborígenes que los cercan. Los españoles se ven obligados a pasarla vigilando. Sombras entre las sombras, confundidos con el suelo como las sierpes, indios punteros se acercan y disparan flechas encendidas sobre los techos de paja de las casuchas de barro.

Pasan los días. El cerco se sostiene. Mendoza empeora. Quien ande cerca de su casa puede escuchar los gemidos que le arranca la fiebre. El miedo y el hambre reinan en la aldea. Se arman violentas trifulcas por un puñado de harina podrida o un mendrugo enmohecido. Las raciones se achican hasta desaparecer. Pronto no quedan lagartijas, culebras o ratas en la aldea y se recurre a hervir los cinturones y las botas para chuparles el jugo. Los pobladores ya no piensan con claridad y entran en un estado de ensoñación sin emociones, comer es lo único que importa. Algunos yacen aletargados y no los sobresalta siquiera los ocasionales estampidos de algún arcabuz cuando los que están de guardia les disparan a las sombras que confunden con los sitiadores. Los pumas saltan con facilidad la empalizada de tierra que fortifica el poblado y devoran a los caballos. Siguiendo el ejemplo, Baytos mata al castaño por el que Francisco Paredes pagó cien ducados y se lo come. La panza hinchada por el atracón lo delata y, tras confesar apurado por el hierro, Mendoza manda que lo ahorquen para escarmiento de los demás. Cuando todos duermen, dos secuaces y Diego de Baytos hacen festín con los muslos y glúteos de su hermano.

Mendoza prometió oro, riquezas, títulos y honores. Entrega hambre, miseria y desolación. Los buenos aires que soplan son de rebelión y de muerte. Los aldeanos murmuran que su mala suerte se debe a la injusta ejecución de Osorio a quien ni siquiera tuvo la decencia de enterrar. No pocos abrigan la idea de apurar el fin de Mendoza y sus desatinos, antes de que la sífilis acabe con él.

En su casa fuerte, el adelantado delira, casi no puede moverse, es necesario cargarlo entre cuatro hasta la nave en la que quiere regresar para morir en su España. Han pasado tres años desde que zarpó de Sanlúcar. Ahora, quienes lo secundaron, lo ven embarcarse en la Magdalena con promesas, que ya nadie cree, de volver al rescate. Pareciera que no es el viento el que impulsa a la embarcación sino las maldiciones de los que quedan atrás.

En medio del Atlántico y de la noche, el estómago de Mendoza combate con la perra en celo que fue su cena. Atenazado por los dolores, sumergido en el delirio que provoca la fiebre, ve aparecer a Osorio a los pies de su camastro. Medio podrido, cubierto de heridas y sangre, agitando la espada frente a sus narices, sacude la melena y le anuncia que lo está esperando a las puertas del infierno para ajustar cuentas. No es la sífilis lo que mata a Mendoza, es el terror. Un espasmo y cierra sus ojos para el sueño final. Y allí va, envuelto en una mortaja de lona, los pies bien asegurados al peso que lo precipita hasta el fondo del abismo, donde curiosos monstruos marinos lo ven llegar, caer y quedar.