Ernesto Mallo

El Hilo de Sangre

Intro


Hambre es mirar a otro ser humano como algo con qué alimentarse. Quien lo haya padecido no lo olvidará jamás y hará lo que sea para no volver a sentirlo. Sometido a las inclemencias de la vida, nada ampara al pobre del frío, de la lluvia, del abuso, de la ignorancia y de la injusticia. Así es la vida, día tras día, año tras año. ¿Qué fortaleza, qué determinación habrá de tener quien quiera salir de la miseria?, ¿con qué medios? No puede darse el lujo de tener principios, sólo puede tener un objetivo: sobrevivir. Carlos quisiera darse de martillazos para abrirse la cabeza y dejar de pensar en el abismo que se abrió en su vida arrojándolo a la indigencia. Sólo una cosa sabe. Ya no quiere ser pobre, está harto de la miseria. Quiere ser rico, porque los ricos no pasan hambre, frío ni calor; no hacen cola, sus empleados la hacen por ellos; meten a las mujeres más hermosas en sus camas y, lo que es más importante, los ricos nunca van a la cárcel. Todos respetan a un tipo con mucho dinero.

Sale a la calle. Por todos lados ve riquezas: en las tiendas, en el camión de caudales que pasa, en las oficinas de lo bancos, en el automóvil de lujo, en un reloj de oro, en la cámara del turista, en las mesas pletóricas de los restaurantes, en los escaparates de moda. Por todas partes billetes cambiando de manos. Lo que no ve es ninguna razón para no apropiárselo, sólo debe encontrar la forma, la oportunidad no tardará en presentarse y él estará allí para aprovecharla.


*


Carlos y Moco beben Quilmes a la espera de Néstor que ya lleva media hora de retraso. La máxima velocidad de los ventiladores no es suficiente para mitigar el calor acumulado durante todo el día en las paredes del bar La Esperanza. Un sol implacable retuerce la pintura vial del asfalto de la calle Oliden. Testimonio de ello son las suelas de los zapatos de Carlos pegoteadas de una argamasa de brea negra, piedritas y mugre. Piensa con disgusto que tendrá que tirarlos. Los buenos zapatos siempre son caros. Maldice – justo ahora que ya los tenía domados. El Patrón suda tras una de las últimas barras de estaño de la ciudad. A los gritos, Moco le pide otra vuelta de cerveza. Con pericia la sirve en jarras heladas que inclina para que contengan la cantidad justa de espuma. Se acerca a la mesa con las dos vasijas transpiradas de medio litro en una mano y el trapo en la otra. Lo pasa con energía tirando al suelo las cáscaras de maní.

Puto calor, ¿eh?

El patrón toma las jarras vacías.

El verano es para los ricos, no para los piojosos como nosotros – dice con un dejo de resignación y con sus pies planos vuelve a su puesto tras la barra. Carlos piensa con amargura que tiene razón. El negocio de robo de neumáticos que está haciendo con Moco, no está mal, pero nunca saldrán de pobres con ese negocio. Demasiado peligro para los pocos pesos que rinde. Si hay que arriesgarse tiene que ser por algo grande. Esto da dinero como si trabajara en una oficina, con la diferencia de que si te descubren vas a pasar un largo rato a la sombra. Estas ideas son las que lo trajeron hasta el barrio de Mataderos, al Esperanza.

Che, Moco, este amigo tuyo, el Rumano, ¿vendrá o no? Tranquilo, loco, va a venir.

La doble puerta acristalada se abre con un gemido de resortes oxidados y Néstor hace su aparición. En tres zancadas está junto a ellos. Suda como un chivo. Deja un rastro de gotas de transpiración a su paso.

Salud. ¿Qué hacés, Néstor? Este es Carlos.

Néstor le estira una mano enrojecida y húmeda que Carlos no toma – sentate – le ordena. El tipo obedece. Moco levanta la mano hacia el patrón – Una más, jefe. Marcha – responde. Carlos lo observa como si fuese un enterrador tomándole las medidas – A ver, ¿cómo es la cosa? – Hacen una pausa para dar tiempo a que le sirvan la cerveza. Moco enciende un cigarrillo. Néstor se bebe la jarra entera de una vez y se seca la boca con la manga.

¿Ven la casa esa de allí? ¿Cuál? La del jardincito con el rosal. Sí. Ahí vive un matrimonio con un pibe de unos diez años. El tipo guarda un montón de guita en la casa. Trabaja para Richetti. Una empresa que trafica metales preciosos. ¿Cómo lo sabés? Me lo dijo Pitito cuando estuvo conmigo en la escuelita. ¿Y ése quién es? ¿No te acordás de aquel grandote de pelo enmarañado que la tenía así de chiquita? Ah, sí. ¿Y por qué no lo robó él? Ese era el plan que teníamos para cuando saliéramos. Pero ese Pitito, ¿no es alcahuete de la policía? Era, lo limpiaron en el motín de los colchones. ¿Y vos le creíste? Sí, me dio los planos de la casa. Mirá – dice y amaga desplegar un rollo de papel – Guardá eso – lo ataja Carlos con firmeza – no hagas bandera. ¿Qué más? Yo creo que el domingo es el mejor día. Con este calor, a la hora de la siesta, por acá no pasa ni el loro. Podemos entrar por esa ventana que está sobre el garaje, es la habitación del chico. ¿Ven el pilar de la luz?... hacemos pie allí y ya estamos adentro.

Carlos se queda mirándolo muy serio con los ojos entrecerrados. Se pone de pie y le estira la mano con la palma abierta – dame los planos – Néstor se los entrega. Carlos se va al baño. Moco ordena otra vuelta. Pocos minutos después, Carlos regresa. Toma su jarra y se la bebe sin sentarse.

El domingo acá, a las tres, sin fierros – dice secamente, gira y sale por la puerta.


*


El Rumano estuvo vigilando la casa desde temprano. Vio al hombre salir con el niño y regresar solo media hora después. Ningún otro movimiento. A las tres de la tarde, cuando el sol cae sin atenuantes en el barrio de Mataderos, llegan Carlos y Moco. Hablan brevemente y se ponen en acción. Moco, Carlos por delante y Néstor unos metros detrás, avanzan como cazadores. Todos los vecinos duermen la siesta, menos uno. Se detienen. El portón del garaje se abre. El hombre se pone al volante del coche, avanza y lo deja cruzado en la vereda. Baja nuevamente, cierra la cochera, vuelve al auto, pone primera y sale. Pasa delante del trío lentamente mirándolos. Como obedeciendo una orden tácita, esconden la cara y cruzan la calle para simular que van a otro lado. El tipo mira por el retrovisor la imagen del trío, temblorosa a causa del empedrado hasta que desaparecen cuando gira por la esquina. Los tres siguen caminando. Se cercioran de que se ha ido y regresan sobre sus pasos.

Mejor – dice el rumano – la vieja está sola.

Llegan a la casa. Rápidamente, Néstor cruza los dedos de sus manos para que Moco, que es el más liviano, haga pie allí, se suba al pilar y trepe al alero del garaje. De allí, dos pasos imprecisos por las tejas calientes y alcanza la ventana. No le cuesta nada abrirla. Ya está adentro. Carlos y Néstor trotan hasta la puerta de entrada. Unos segundos después, aparece la silueta de Moco en el vidrio esmerilado y les abre. Un hall breve y fresco que desmiente sea verano. Silenciosos como ratones aparecen en la sala.

¿Y la mujer? – pregunta Carlos mirando escaleras arriba – Salió o está durmiendo. Vayan a controlar, yo reviso acá – dice mientras le arranca el cable al teléfono.

Moco toma la delantera y sube, el Rumano detrás. El pasillo de arriba está mucho más caliente. Tres puertas, la del baño, abierta. Moco señala la que está a la derecha para que Néstor la revise y él empuja suavemente la que el plano marca como principal. Reina una penumbra surcada por las líneas ardientes de luz que se filtran por las hendijas de las celosías. Un ventilador de pie giratorio lanza bocanadas de aire caliente. La mujer duerme desnuda. A Moco se le despierta el apetito. Néstor se asoma. Ella despierta, se incorpora, ve a Moco, suelta un chillido y salta de la cama.

Tranquila – le dice Moco aproximándose. En cuanto se pone a su alcance, la mujer suelta un zarpazo que le cruza la cara con tres arañazos sangrientos. Moco responde con un puñetazo en el estómago que la sienta en la cama. La toma por el cabello y tira obligándola a acostarse y se arroja encima de ella. La aferra por las muñecas, ella logra liberar una mano, se prende de un mechón de pelo y jala con tal fuerza que se lo arranca. A Moco lo retuerce el gesto de un dolor que no le impide replicar con una trompada directa a la nariz que la deja atontada. Mientras ella se retuerce, Moco se pone de pie, se baja los pantalones, se acuesta sobre ella y se pone a manosearla. Néstor suelta una risa estúpida. La mujer intenta una débil defensa. Un nuevo golpe la deja inerme al borde del desmayo. Moco la penetra, ella gime apenas mientras el hombre se entrega a un bombeo frenético. En muy poco tiempo alcanza el climax y se derrama dentro de ella.

¡Hijo de puta! – aúlla y lanza sus manos de uñas quebradas directo a los ojos de él. Le acierta a uno. Moco se levanta con una mano en la cara. Ella se sienta y lo mira con el rostro descompuesto por el miedo. Furioso, se sube y se ajusta los pantalones. Al hacerlo cae al piso la navaja de caza que siempre carga encima. Se agacha a recogerla, ella aprovecha la posición para patearlo en la cara. Moco abre el filo, la toma por el cuello, la voltea en la cama y la apuñala. La mujer suelta como un vagido. Al retirar el arma comienza a manar la sangre por la herida y, un instante después, por la boca. Moco se levanta. Néstor ha observado la escena sin intervenir. Moco levanta la navaja nuevamente para rematarla. El Rumano lo detiene.

Pará, Moco, ¿y yo?

Moco mira a la mujer ahogándose.

Dale, todavía respira.

Repara que en la mesa junto a la cama hay una medalla con la forma de un sol. La cadena también es de oro. Aprovecha que el Rumano no lo está mirando y se la mete en el bolsillo. Sale de la habitación. Le llama la atención el silencio. Debería escucharse a Carlos revisando los muebles. Nada. Baja las escaleras cuidando de no hacer ruido. Cuando llega al pie se encuentra con una escena inesperada. El dueño, de espaldas a Moco, sorprendió a Carlos y le está apuntando con una pistola. Los dos hombres se contemplan estupefactos. Moco no duda un instante. Se acerca sigilosamente por detrás, lo toma por la frente y le corta la garganta. Carlos, como despertando de un sueño, suelta un grito – ¡Nooo! el degüello le ha seccionado limpiamente las yugulares. El tipo suelta el arma, se lleva la mano al cuello y cae al piso. Tiene unos estertores, da un par de patadas y se queda inmóvil. Carlos no deja de mirarlo con los ojos como el dos de oros. Moco le sonríe. Una sirena policial cruza el cielo. Carlos salta por encima del cadáver y huye.


*

Desde la vereda, el tío Alberto mira muy serio a Veny, sentado en el primer asiento del 117. Cargados de bolsas, heladeras portátiles y niños, los pasajeros felices ocupan rápidamente todos los asientos, los malhumorados llenan los pasillos colgados de las barras como primates. Una mujer obesa se sienta junto a Veny obligándolo a encogerse y acorralándolo contra la ventanilla. Todo su cuerpo irradia el calor de un oso pardo. Con crujido de engranajes, el colectivo se pone en marcha. A Alberto sólo le falta hacerle la venia, gira marcialmente y camina hasta el teléfono público de la terminal. Lo ve tomar el tubo y echar una monedas por la ranura, antes de que el ómnibus gire. Su compañera de viaje resopla con fuerza. La radiacón de su cuerpo aumenta a cada instante. Veny le cede el asiento a una mujer, joven, pero entrada en canas. Sabe que tendrá que hacer el viaje de pie, pero lo prefiere. Se entretiene rememorando las aventuras del fin de semana junto a Diego y los chicos y chicas de la barra, con quienes compartió la primaria. Dos horas más tarde, con las piernas acalambradas y la cabeza como un bombo, la puerta se abre con dificultad para dejarlo en la calle Tuyutí. Extraño, Mamá no está allí esperándolo. Decide aguardarla. Un viento frío comienza a agitar con violencia las copas de los árboles de la Plaza Sarmiento. La tormenta que se cierne es el corolario de un día bochornoso. Veny conoce el camino a casa de memoria. Decide ir a pie. Si Mamá estuviera viniendo, la cruzaría por el camino. Al girar por la calle Oliden, se encuentra con dos patrulleros, una ambulancia, vecinos estirando el cuello para tratar de ver dentro por la puerta entreabierta de su casa. Se queda paralizado. Entre esa gente está Tita, su profesora de piano de la otra cuadra. Lo ve. Se acerca a un tipo de traje negro y lo señala. El hombre cruza la calle y lo toma por los hombros.

Hola, ¿sos Venancio? Sí. Vení conmigo.

Sin soltarlo, a paso rápido, lo conduce en dirección contraria. Pasan junto a un patrullero. Un policía está al volante, sentado con la piernas afuera y hablando por radio.

Sí – lo oye decir – ya estamos en la escena del crimen.

Veny trata de mirar hacia atrás, pero el tipo no lo deja. Entran al taller de Omar, el jubilado que hace barriletes para los pibes del barrio. Lo sienta en un banco.

¿Tenés algún familiar a quien llamar? A mi tío. ¿Cómo es su nombre? Alberto. ¿Sabés su número de teléfono?

El hombre lo anota en una pequeña libreta. Le dice que espere allí y se va. Por la puerta pasan gentes del barrio que lo miran como si fuese un fenómeno de circo, pero nadie le dice nada y él no quiere preguntar. No quiere saber. Está así no sabe cuántas horas, hasta que llega el tío Alberto. Se sienta frente a él y lo mira hondo a los ojos.

Veny, unos ladrones entraron a robar a tu casa. Roberto y tu mamá están muertos.

Esas palabras le llegan a Veny como un eco que proviene de otra dimensión. Se queda paralizado y mudo, conteniendo el aliento, con la sensación de que algo está a punto de estallar en su interior. En un acto que nunca antes se produjo ni se repetirá, Alberto lo abraza con fuerza. Lo envuelve el olor a tabaco y transpiración que emana su cuerpo. En la cabeza de Veny, ningún pensamiento, ninguna idea, ningún sentimiento, nada. Está vacío. Esa noche duerme en Hurlingham en la casa de Alberto. Pero ya no es el Hurlingham de su niñez, ese en el que no puede dejar de pensar. Se entrega a la tarea de enterrar en lo más profundo de su mente lo que sucedió esa tarde en la escena del crimen.