Ernesto Mallo

La Conspiración de los Mediocres

- 1 -


Cuando sonó el teléfono, Rolf Böll supo que este día vendrían a matarlo. Cuando cuelga, por el auricular le llega un sonido agudo y breve, como el trino inconcluso de un pájaro mecánico. Se toma la cabeza con las dos manos. Sólo le queda escapar, pero se siente demasiado viejo para continuar huyendo, escondiéndose, para aprender de sus errores, para defenderse, para rogar... Por la ventana se cuela un rayo de sol que pone a brillar como diamantes el polvo del pasado suspendido en medio de la habitación. Lo invade una tristeza infinita por todas las cosas que pudieron haber sido y ya nunca serán. Hasta este momento había logrado alimentar su fe en el regreso triunfal de su especie. Ahora tiene la certeza de la extinción.

Ruido a la puerta. Abre los ojos. Ya está aquí. Pasos lentos, sigilosos, por el pasillo. Lo había pensado: esperarlo con su Walther cargada, amartillada y oculta en la falda, y sorprenderlo, y dispararle, y partirle el cráneo, y matarlo. Pero eso sería un acto de esperanza y Rolf ya no tiene ninguna. Filosofía aparte, tampoco tiene las fuerzas ni la energía necesarias para manipular y deshacerse de un cadáver. Por el vano de la puerta, medio cuerpo, medio rostro, una pierna, un brazo y una mano con guante y pistola. La voz de Rolf es tranquila, tranquilizadora.

Pasa, no hay ningún peligro.

La desconfianza que se pinta en el semblante del joven no desaparece por eso, pero el tono de voz lo anima a entrar con el arma apuntada al piso. Con gesto cortesano, Rolf lo invita a tomar asiento. El hombre mira en derredor. Su olfato le dice que están solos. Le clava los ojos celestes al viejo y se sienta frente a él.

¿Sabe que tiene que irse?

Lo sé, muchacho. Lo sabía antes de que nacieras.

El joven toma la pistola, oprime el botón de la culata para expulsar el cargador. Rolf levanta ambas manos con las palmas abiertas vueltas hacia él.

Eso no es necesario.

Estoy seguro de ello, señor, pero prefiero seguir el protocolo, si no le importa.

Adelante.

Saca todas las balas del cargador y las va alineando sobre la mesa. Siete puntos de una recta perfecta. Encastra el peine en la culata, descorre el cerrojo a fin de dejar expuesta la recámara donde inserta una bala y cierra. Mira fijamente a Rolf y coloca el arma frente a él. Rolf repara en el puño de su camisa. Lleva los famosos gemelos que producía Brause & Co. Parece que el día se empeña en traerle recuerdos.

Lindos gemelos.

Gracias.

Tuve unos iguales, ¿dónde los conseguiste?

Me los regaló mi padre.

El joven se reclina contra el espaldar de su sillón, su serenidad le indica a Rolf que está determinado y nada podrá hacerlo cambiar de opinión.

Tiene que escribir una carta.

¿Ahora?

No habrá otra oportunidad.

¿Contenido?

El muchacho saca una hoja de papel mecanografiada la desdobla y la pone sobre la mesa frente a Böll.

Copie esto.

Si me niego a escribirla, ¿me obligará?

Escriba, por favor.

Rolf hace rodar la silla hasta su escritorio, saca un block de hojas amarillas, lo coloca sobre la mesa, toma una Mont Blanc y escribe. Se produce un silencio profundísimo rasgado únicamente, ras ras, por el sonido de la pluma contra el papel. La tarde comienza a caer. Rolf firma la carta, la toma, se pone de pie, se la extiende al joven.

¿Quiere leerla?

No, señor, por favor déjela sobre el escritorio.

Rolf suelta el papel y cae planeando en gracioso vaivén.

¿Puedo rezar?

Por supuesto.

Rolf une las manos, entrelaza los dedos, cierra los ojos y comienza a orar para sus adentros.

Señor, lo que le fue negado a millones
nos será dado por la providencia,
nuestra obra será recordada
hasta por los últimos miembros de la posteridad.
Cuando salí a cumplir la misión que me encomendaste
llevaba la mismísima confesión de fe
que llena hoy mi alma...

¿Está bien?

Rolf asiente con la cabeza y le indica con un gesto que espere. El joven se reclina contra el espaldar, cruza las piernas y lo contempla. Rolf tiene los ojos cerrados con tal fuerza que le fruncen el ceño en una profunda arruga. Los abre. El muchacho lo está mirando. Toma la Walther por el cañón y se la alcanza a Rolf.

¿Procedemos?

Rolf toma el arma. Apoya el cañón en su sien. Leyó en alguna parte que el suicida no llega a oír el disparo. Toma aire, profundamente. Es el momento de tirar el gatillo y de que todo termine, pero repentinamente lo invade el miedo. Esa cobardía estructural que siempre fue suya, no importa cuanto haya tratado de disfrazarla, se hace presente ahora cuando menos la necesita. Ya no le importa nada el honor, la dignidad, ni niguna otra cosa que seguir viviendo. Le vienen a la cabeza los dichos de un rey: Mientras haya vivos, las heridas estarán mejor en ellos que en mí. Le apunta al joven, pero lloriquea y tiembla con tal violencia que no podría acertarle a un burro a dos metros. El muchacho sacude la cabeza y se pone de pie. En un movimiento rápido, toma la pistola metiendo su dedo detrás del gatillo. Rolf lo aferra por la muñeca con la otra mano en un intento por recuperar el control del arma. El joven aprieta la mano de Rolf con fuerza y, al tiempo que forcejean, le da el pisotón brutal que le hace soltar el arma. Hace girar la pistola en el aire para aferrarla por la culata. Toma a Rolf por la corbata obligándolo a sentarse derecho, le apoya el cañón en la sien y tira del gatillo. No hay más teorías, Dios, recuerdos, sensaciones, perdones, ni olvidos, ni mundo. El día se apaga.