Ernesto Mallo

El Comisario Lascano
Volumen integrado por las novelas
Crimen en el Barrio del Once - El Policía Descalzo de la Plaza San Martín - Los Hombres te Han Hecho Mal

Invitación al Viaje


Muchas veces me encuentro con personas que dicen tener una idea fantástica para una novela. Les contesto que yo tengo diez por día, que cualquier idea, hasta la más nimia, es buena para una narración a condición de que se sepa escribirla, el asunto no es tener una buena idea, eso es fácil, lo difícil es escribirla.

El gesto mínimo y airado de una mujer que discute con su amante en una mesa de café; una brevísima mirada de amor, de deseo, de odio o de cualquier otra pasión; el lenguaje de los cuerpos que muchas veces es más verdadero que las palabras. Observo estas narraciones de la vida cotidiana y me pregunto ¿cómo se cuenta eso que acabo de ver? Cuáles son las palabras que las transmitirán con mayor precisión y, más importante aún, cuál es el orden de esas palabras.

Durante veinticinco años tuve dando vueltas en mi cabeza una idea para una narración. Una buen punto de partida, nada más que eso. Alguien cometía un asesinato privado y ocultaba su cadáver entre los que diseminaba por todas partes el terrorismo de estado de la última dictadura argentina. Los homicidios de los grupos de tareas no eran investigados, cosa muy ventajosa para cualquier asesino que se precie. Sabía algunas cosas que no quería: juzgar el accionar de los militares o reivindicar a nadie. No me interesaba una historia “sobre” la dictadura sino una que sucedía “en” la dictadura. Tampoco una historia de héroes y mártires, quería una de seres humanos, sus pasiones, sus miedos, sus ambiciones y sus conductas. Una historia contada en términos de acción y sensaciones no de conceptos. Pero no tenía la menor idea cómo hacerlo. Yo escribía para la prensa, el cine y el teatro, pero ninguno de esos géneros me parecían adecuados para esta trama. Sin embargo, aquella premisa básica volvía a revolotear con la insistencia de un abejorro y yo nunca encontraba el tiempo para dedicarle a desarrollarla.

Y entonces sucedió la crisis de 2001. Aquel ensayo general que hicieron los centros del poder financiero internacional en Argentina y que luego aplicarían en Europa y otras regiones. Treinta y cuatro por ciento de desocupados; bancarrota generalizada de la industria y el comercio; emisión de dieciséis billetes-moneda diferentes, cada uno con menor valor que el anterior; incautación por parte del gobierno de los depósitos bancarios de todos los ciudadanos, menos los de sus amigos; desabastecimiento; estallido social; saqueos, desmanes; que se vayan todos; represión policial, veintisiete muertos y más de cien heridos; cambiaron cinco presidentes en once días. La clase política fracasando en toda la línea. La guerra civil a la vuelta de la esquina. Y a todo esto vino a sumarse una crisis personal: pérdida del trabajo; hija gravemente enferma; divorcio; demandas judiciales surtidas por falta de pago. Nada que hacer y mucho tiempo para pensar con qué soga ahorcarme.

Pero he aquí que en medio del caos y la desesperación, una mañana apareció totalmente armada en mi cabeza la novela que luego sería “Crimen en el Barrio del Once”. Clarísima, distinta, organizada en todas sus partes, tremendamente conmovedora, con ese sello distintivo que tienen las obras basadas en hechos terribles vividos de primera mano. Yo había sido un combatiente contra la dictadura, muchos de mis compañeros habían sido torturados y asesinados por los militares. Esa obra también sería mi apasionada venganza, pero no en la forma de una denuncia, sino mostrándolos tal cual son: seres miserables y crueles en todo detalle. Los conocía muy bien, podía hacerlo. El mundo se venía abajo a mi derredor, pero yo tenía una misión.

Escribí la novela poseído por la fiebre de la narración, en el estado de locura y alienación que requería un texto referido a un tiempo en que todos estábamos locos, la espantosa situación en que locura era la normalidad. Encadenado a la computadora, trabajaba dieciocho horas por día, interrumpiendo sólo para comer, dormir cuando me vencía el sueño (a veces caía sobre el teclado entre una palabra y otra) o para dedicarle algunos momentos a llorar las desgracias que me estaban aconteciendo. En sesenta días produje la primera versión de la novela. Pero estaba tan chiflado que no alcanzaba a determinar si lo que había escrito tenía algún valor. Necesitaba una opinión de afuera. Entonces se lo llevé a mi amiga Natu Poblet, propietaria de una tradicional librería de Buenos Aires, cuya voracidad lectora consume cinco o seis libros por semana. Me llamó dos días más tarde para decirme emocionada que era lo mejor que había leído en los últimos tiempos. Me dio valiosísimos consejos sobre cuestiones a corregir que yo seguí al pie de la letra. Luego me recomendó que la presentara el Premio Clarín de Novela, el más importante del país. El día de la entrega de premios tuve que pedir prestado para comprar el billete de ómnibus que me llevaría a la ceremonia. Salí segundo en medio de una pelea escandalosa entre los jurados porque había quienes decían que debían darme el primero y estaban dispuestos a batirse con los otros. Apareció una editorial de las grandes, con un tentadora oferta de adelanto para publicarla y un productor de cine extranjero con un fajo de razones para llevarla al cine. Partiendo de la más negra miseria, de un día para el otro me vi premiado, besado por señoritas, halagado por la prensa, perseguido por los paparazzi y con un montón de dinero en el bolsillo. Recuerdo haber vuelto a casa de los festejos, mirarme en el espejo y decirme, esto es más enloquecedor que todo lo demás. Sentí miedo, me dije que debía andarme con mucho cuidado. Tuve la clara sensación de que andaba por terreno minado.¿Qué hacer a continuación? ¿En qué me habia transformado ese paso por un infierno del que me habían expulsado a golpes de flash.

Recordé entonces unas palabras de Roland Barthes:

Un acontecimiento, un momento, un cambio vivido como significativo, solemne: una especie de toma de conciencia “total”, precisamente la que puede determinar y consagrar un viaje, una peregrinación en un continente nuevo, una iniciación.

Un acontecimiento proveniente del Destino puede sobrevenir para marcar, comenzar, incidir, articular, aunque sea dolorosa, dramáticamente, este encallamiento progresivo, determina esta inversión del paisaje demasiado familiar... el activo del dolor.

Un duelo cruel y único puede marcar el pliegue decisivo: el duelo será lo mejor de mi vida, lo que la divide irremediablemente en un antes y un después... ese momento en que se descubre la muerte como real.

De golpe, entonces, se produce esta evidencia: ya no tengo tiempo de ensayar nuevas vidas, tengo que elegir mi última vida, mi vida nueva.


Y tomé una decisión importantísima: no haría nada hasta averiguar en quién me había convertido y cual sería mi vida nueva. No tardé mucho en saberlo, la literatura me había sacado del pozo, sería lo que mi madre siempre supo que era: un escritor.

Un escritor es alguien que escribe, a ello me puse y produje “El policía descalzo de la Plaza San Martín”, mi segunda novela. Una parábola sobre la amistad de dos hombres, enfrentados por la ley, pero unidos por un código ético común y que comparten la búsqueda del amor con la urgencia de quien sabe que su oficio, criminal o policía, terminará por quitárselo todo.

Luego me enteraría de que la trata de personas había superado al tráfico de armas como negocio criminal. Segundo solamente al tráfico de drogas, con el cual tiene muchísimos vínculos, cuando no forma parte de la misma red. Nunca en la historia de la humanidad hubo tantas personas en estado de esclavitud como en nuestro tiempo. Esta forma crudelísima de explotación de los humanos convoca a los seres más sórdidos que sostienen su negocio mediante el ejercicio de la violencia, especialmente contra mujeres y niños. Me propuse entonces ponerlos en evidencia, nuevamente no a través de la denuncia o la condena, sino de mostrarlos en sus conductas, gestos y actitudes, tal cual son.

En las tres novelas hay villanos, infaltables personajes de la narración policíaca. En una y otra historia aparecen diferentes, tienen distinta edad, distinta actitud, distinta apariencia, pero no hay que engañarse, tienen más en común de lo que podría pensarse. Sus motivaciones son las mismas, su ideas son las mismas, su prácticas son las mismas, sus justificaciones son las mismas, sólo son sus máscaras las que cambian. Son esos seres en cuya personalidad la pulsión del mal se ha impuesto sobre la del bien.

Siempre creí que estas tres novelas, constituyen una misma narración, una misma historia. Por eso celebro la decisión de Ediciones Siruela de publicarlas reunidas en un mismo volumen. Es la demostración de que en el mundo editorial existen todavía personas que ejercen esa maravillosa actividad con sensibilidad, con elegancia, con inteligencia y con iniciativas siempre renovadas.

Acá están estas tres historias que fueron escritas con las tripas más que con el intelecto; con el fluir de la inconsciencia, mas que con el de la conciencia, desde lo vivido más que desde lo pensado. Tres historias tremendas sobre la condición humana y las terribles miserias de los hombres, pero también sobre sus sueños y sus esperanzas. El arte tiene algo de redentor toda vez que tiende puentes sobre lo que nos pueda separar para aventurarnos en una peregrinación por ese continente siempre nuevo que es el otro, pieza clave del universo.

Acá comienza, buen viaje.